La santidad de cada día.

La santidad habita en cada uno de nosotros, sabemos que está ahí, como firma indeleble desde el inicio de nuestra existencia (Ef 1, 3-4). La idea es llenar de sentido cristiano, de vigor “espiritual” los pequeños hechos de la jornada diaria. Esto es muy importante como testimonio de que la santidad sencilla es posible. Que no necesitamos apartarnos de nuestra vida cotidiana para vivir nuestra vocación bautismal. Que allí donde estamos y en las cosas concretas que vivimos estamos invitados a la santidad.

El lugar de encuentro con Dios es el cotidiano, un lugar concreto, de responsabilidades y momentos de intensa alegría; es la santidad del día a día. Son innumerables las veces que he oído decir tanto acerca del sentido de la vida, de la felicidad, calificados como criterios centrados en lo externo, en muchos casos sin otra opción más que el tener algo que según nosotros, nos hará felices; sin embargo, con tantos pensamientos de “apegos” que son tan pegajosos porque pegan bien en nuestro mundo, olvidamos la belleza de los pequeños momentos que suman esa santidad de la que hablamos líneas arriba. Creo que el relato que creé puede reflejar esta situación.

Cuenta la historia que un cartero iba cada día de un lugar a otro, ese había sido su trabajo desde siempre. Cuando empezó a hacerlo era un jovenzuelo que hilaba sueños, unos para él, algunos para su madre y otros para su futura familia. Grandes pasos daba al caminar, orgulloso de saber que con su trabajo iba a ser feliz siendo el mejor de los carteros de toda la zona, o mejor aún, un personaje ilustre de su pueblo, siempre había soñado con eso.

Los años fueron pasando y la vida le exigía más de sí. Tuvo que dejar algunos sueños, los cambios con su nueva familia le pidieron algunos centavos; de él dependían más personas y dependía también de otras más.

Cuando ya era un hombre mayor, en uno de los tantos viajes diarios que hacía de la ciudad a los poblados llevando las cartas, se detuvo a descansar apoyándose en un árbol gigantesco -ya no tenía el mismo vigor de antes. Cuando se dio cuenta estaba descansando junto al árbol donde jugaba cuando era niño, prácticamente había olvidado esos tiempos.

Aquel árbol, que como él cuando era niño, era pequeño y recién se formaba, hoy lucía enorme, verde y frondoso, se había puesto mucho mejor con el paso de los años. En ese momento reflexionó y pensó para sí mismo en todos los anhelos que tenía que hoy se habían convertido, en muchos casos, en cargas que tuvieron que ser asumidas; él, a diferencia del árbol de su infancia, se veía desgastado con el paso de los años.

De regreso a su hogar, tristemente había pensado en que se mantuvo esperando siempre en los hechos más significativos que pretendía alcanzar, pero que a costa de ello había dejado en cada viaje como cartero, un tramo de su existencia feliz inacaba para siempre.

Sin duda alguna, recorreremos las calles de nuestros recuerdos en este mundo. Esperemos darnos una sonrisa a nosotros mismos ese momento.

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