Amar a la Iglesia es amar nuestra realidad.

 

Un poco de agua cayendo por la frente de un bebé. La sonrisa de nuestro pastor: el sacerdote; la alegría desbordante de los padres y padrinos, la algarabía de la gente que acompaña la iniciación cristiana de esta persona que en un futuro no muy lejano -de la mano de la educación cristiana de sus padres y demás personas allegadas a su formación en la fe- podrá cumplir con decisión y compromiso la alegre noticia de ser portador de buenas nuevas en su sociedad. Esta es la imagen que nos esforzamos por cultivar en nuestra Iglesia, y que a propósito de nuestra Espiritualidad del amor a la Iglesia, hoy quiero poner de relieve en cuanto a nuestra conciencia laical.

El Documento de Puebla (786) y el documento de Aparecida (DA, 209) nos refieren una frase interesante que dice así: “[los cristianos] son hombres de la Iglesia en el corazón del mundo, y hombres del mundo en el corazón de la Iglesia”. Sobre estas palabras podemos construir en nuestras vidas una historia de atención a nuestra realidad que nos interpela, que nos llama y que nos provoca un cambio constante a favor del amor.

Amar a nuestra Iglesia significa amar nuestra realidad, no podemos dejar de lado esta propuesta de vida, es nuestra misión; porque es en la realidad que vivimos a diario donde testimoniamos nuestra adhesión a Cristo resucitado, y donde contribuimos a la “transformación de las realidades y la creación de estructuras justas según los criterios del Evangelio” (DA, 210).

¿Qué significa todo esto? Pues sencillamente, tal y como lo entiende tu corazón, entregarnos no sólo a lo que nos preocupa e interesa en este momento (como puede ser nuestros estudios o nuestros trabajos), sino también a la constante realización del Reino de Dios en otras esferas de la vida civil, aquí y ahora, sea la situación en la que nos encontremos. Se espera de todos y cada uno de nosotros una creciente participación al lado de nuestros pastores en las celebraciones litúrgicas, en las acciones de evangelización y otras formas de apostolado, en la ferviente iniciativa a favor del Reino de Dios en la vida social, política, económica y cultural de nuestro país. Desde nuestros grupos y comunidades, desde nuestras parroquias, desde nuestros movimientos; con una asociación o fundación civil de laicos, mediante los medios de comunicación, etc. Todo es posible y viable cuando la fe circunscribe y subsume a las variantes y retos de la existencia.

Recordemos entonces que el camino está trazado, sólo hay que seguirlo con optimismo y valentía. Que así sea.

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